Se aventuraron por el Nuevo Mundo y muchos murieron en el intento. Otros lograron su objetivo: traer a Europa plantas exóticas y milagrosas. Les contamos la historia de quienes reunieron la colección más importante de Europa con cerca de 5.500 especies: las expediciones del Real Jardín Botánico de Madrid. Por Fernando González-Sitges

Poco podía imaginar aquella mañana que en el interior de una sala de armarios fríos iba a hallar todo un tesoro. Despacio, casi con veneración, la mujer que me guiaba se colocó los guantes con una liturgia que me recordó a la serie C.S.I. Con igual parsimonia abrió uno de los armarios y a partir de entonces entré en otro mundo. Ante mí estaban las láminas botánicas más asombrosas que había visto jamás. La mujer pasó suavemente de una a otra. Vi una bromelia cuyos colores, trazos y luz le hacían cobrar vida. «Son de la expedición de Celestino Mutis al Nuevo Reino de Granada -me dijo su cuidadora, con orgullo-. Hay más de 6.000.»

Acababa de empezar a descubrir el fascinante mundo del Real Jardín Botánico de Madrid. La historia de esta emblemática institución española nace a mediados del siglo XVIII. En aquellos días había un Nuevo Mundo por explorar y cada planta abría mercados insólitos. La medicina se basaba en ellas, y las boticas recibían con expectación cualquier noticia sobre nuevos frutos o raíces de propiedades curativas. Mercados lucrativos y medicinas para males incurables: dos inapelables razones que atraían la atención de los reyes de toda Europa. Sobre todo de Fernando VI. Fue precisamente bajo su reinado cuando partió, en 1754, la Expedición al Orinoco. La misión principal era delimitar las tierras que vertían sus aguas al río y cartografiar el terreno que pertenecía a la Corona española tras el Tratado de Tordesillas entre España y Portugal. Toda una aventura teniendo en cuenta que la línea divisoria que los políticos habían trazado sobre un mapa era, en realidad, un camino que habrían de abrir a golpe de machete e incontables peligros por la hasta entonces inviolada selva del Amazonas venezolano.

El otro objetivo de la expedición era una importante misión botánica: la de catalogar las plantas de las desconocidas tierras de Venezuela. A cargo de ésta iba Pehr Löfling, un joven botánico sueco que desde su llegada a Madrid propuso a la Corona la creación de un jardín botánico en la capital. Un centro donde lo recopilado en expediciones como aquélla pudiera ser estudiado por los hombres de ciencia. Poco podía sospechar que, aunque nunca llegaría a verlo, pues moriría de fiebres tropicales en Venezuela, España contaría antes de lo esperado con este jardín.

Fue el 17 de octubre de 1755 cuando Fernando VI ordenó su creación en la Huerta de Migas Calientes, a orillas del río Manzanares. Aquel primer Jardín contaba con 2.000 plantas, la mayoría recogidas por el que fuera su primer director, el cirujano José Quer. Pocos años después, el número se multiplicaría. Durante 19 años, el centro recopiló colecciones de todo el mundo, convirtiéndose en uno de los más renombrados centros botánicos de Europa. Pero este emplazamiento tenía dos problemas: el clima de la zona era malo para muchas especies y el lugar estaba lejos de la ciudad. No fue hasta 1774 cuando se traslada a su actual emplazamiento en el paseo del Prado.

A lo largo del siglo XVIII, el Real Jardín Botánico promovió grandes expediciones. Expediciones como la de Löfling al Orinoco, la del Virreinato del Perú, la de Celestino Mutis en Nueva Granada (Colombia) o la de Malaspina son sólo algunas de las grandes gestas que se realizan bajo el auspicio del Jardín. Todas ellas aportaron a la institución no sólo las colecciones botánicas más importantes -muchas de las cuales descubrían a la ciencia centenares de nuevas especies-, sino las más hermosas colecciones de láminas botánicas que jamás hayan existido. Entre estos tesoros destacan las 5.190 de la Expedición al Reino de Nueva Granada, dibujadas por Francisco Javier Matís y Antonio García, consideradas universalmente como el más valioso tesoro botánico. A cargo de esta expedición figuraba el gaditano Celestino Mutis. Médico apasionado por la botánica y sacerdote aventurero, sus conocimientos botánicos eran tan altos como sus numerosos enemigos, entre los que figuraba la Inquisición, a la que tuvo que dar cuentas por su defensa de los métodos científicos frente a ciertas creencias religiosas.

Al correrse la voz de que un árbol llamado quina curaba los males indígenas, decenas de naturalistas partieron tras este tesoro

Entre las especies que encabezaban las obsesiones de Mutis, y de la mayoría de los botánicos aventureros, destacaba la quina. Todo comenzó cuando los misioneros y conquistadores que pasaron por la región de Loja, en Perú, corrieron la voz de que los indígenas de la región utilizaban la corteza de un árbol para curarse las fiebres intermitentes. Y el árbol del que la extraían, al que llamaban quina-quina, pasó a ser para los occidentales el remedio para todos los males. El resultado fue que la quina se convirtió en el tesoro más preciado y todos los botánicos que llegaron amparados bajo una de las expediciones del Real Jardín Botánico buscaban con ansiedad las distintas especies de quinos.

El científico Carl Linné, padre de la taxonomía (ciencia que se encarga de la clasificación de los seres vivos), que mandara a Löfling en la primera expedición del Jardín Botánico, puso nombre al género de los árboles de la quina denominándolo Cinchona, un nombre que tiene que ver con la nobleza española. En la primera descripción de la quina, en 1663, cuenta Sebastiano Bado que la señora Francisca Enríquez de Ribera, esposa del conde de Chinchón, se curó de sus males tomando los entonces llamados ‘polvos de quina-quina’ o ‘polvos de los jesuitas’; polvos que, desde ese momento, se convirtieron en los ‘polvos de la condesa de Chinchón’, derivando de ahí el nombre que eligió el taxónomo sueco.
La quina, o cascarilla de Loja, se convirtió así en el mejor tratamiento de muchas enfermedades, especialmente de la malaria. De hecho, la quina ha sido la mayor aportación del continente americano a la farmacopea mundial.

Por desgracia, el esplendor de aquellos años de expediciones iba a desaparecer. En 1808, la Guerra de la Independencia marcó el inicio de un periodo de oscuridad para el Jardín Botánico. Luego vinieron años en los que padeció toda suerte de calamidades: robos, abandono, guerras…; incluso sufrió, en 1886, un ciclón que derribó 564 árboles históricos.

La resurrección comienza a apuntarse a principios del siglo pasado y, por fin, en 1974, el Real Jardín Botánico resurge tras profundas obras que le hacen recobrar la relevancia que nunca debería haber perdido. Mientras nuevas generaciones de historiadores y botánicos españoles se encargan de dar el lugar que merecen a los tesoros de nuestro Jardín Botánico y a la memoria de sus hombres aventureros e ilustres, el visitante puede acercarse a los trazos de aquellos días en los que la botánica guiaba expediciones que descubrían mundos nuevos. Trazos que se esconden en árboles centenarios que guardan su anonimato en los solitarios caminos que recorren el Jardín, en las colecciones de plantas que componen sus archivos, en las pequeñas parcelas de sofocante selva que encierran los invernaderos, en las plantas traídas de los rincones más inexplorados del mundo o, en definitiva, en el ambiente que se respira en las terrazas de cuidada espesura, entre estatuas y fuentes, bajo la mirada serena del busto de Linné.

Y de forma inevitable vuelven a la memoria las palabras que el padre de la taxonomía escribió a su discípulo Löftling días antes de emprender la Expedición al Orinoco: «Toda la maravillosa América será descrita por primera vez por vuestra merced; ese destino le han reservado los siglos a usted y a su época. ¡Quién pudiera estar con V. M. un solo día en el más maravilloso de los paraísos!».


PARA SABER MÁS


Web del Real Jardín Botánico de Madrid.